El arte de la política.
Andrés Volpe La idea de un sistema político perfecto que haga posible un estado de felicidad para los individuos, ha sido la utopía perseguida por todos los filósofos que demostraron y demuestran un interés en la política. La política es un arte, entendida como un refinamiento del intelecto para crear una organización, un sistema que sea un puente para el individuo. La política, por ende, es una inspiración del intelecto para procurar vías a la utilización del poder que reside originariamente y de forma intrínseca en el individuo. En palabras de Thomas Mann, la acción del arte nos proporciona una alegría de naturaleza eminentemente estética, porque es una acción que introduce el orden y hace posible, por medio de la claridad y la transparencia, la realización intelectual en la mente humana de ese universo incomprensible que es el caos y la confusión de la vida. La política busca aquello: paliar el caos, aclarar la confusión y dar certeza de la vida, a través de mecanismos estéticos que en su contemplación inspiren la calma producida por la certeza de poder comprender lo inabarcable por medio de lo humano. Los conceptos, que son la materia prima con que trabaja el intelecto, son insuficientes por sí mismos para el procuramiento de la esencia de las cosas. Son elementos incompletos y áridos que se quedan a medio camino entre el producto intelectual y la emocionalidad de la condición humana. Así también, los juicios de la razón, desarrollados a partir de esa unidad primaria que son los conceptos, son incompletos para la abarcabilidad de la esencia de las cosas. A pesar de ello, el hombre siempre ha luchado por esa verdad escurridiza e inabarcable que nos golpea el intelecto al momento de tener conciencia de uno mismo. Esta búsqueda de la verdad, del conocimiento absoluto de las cosas, es producto de la sensación de que ese objetivo que se busca reside de igual manera en lo más hondo del espíritu. Todo hombre se siente, quizás de manera conciente o inconciente, parte de ese absoluto que abarca la totalidad de las cosas. Es en virtud de esta intuición que Schopenhauer elabora su filosofía de “el mundo como voluntad y representación”[1], dirigiéndose ya no sólo a la razón, sino asiendose de la subjetividad del hombre para armar toda una filosofía que apela a un conocimiento en movimiento, un saber dinámico, que obedezca a ese continuo fluir de las cosas como representaciones de una unicidad originaria. El conocimiento se deshace del peso de la razón, de la intelectualidad, para mezclarla con las emociones, el espíritu, la esperanza, la desgracia y todos esos movimientos subjetivos de los cuales es presa la persona. La aproximación al conocimiento de las cosas se hace con la totalidad de la condición humana, salvándose de producir un esquema rígido que no permita la abarcabilidad de la verdad, como podría ser consecuencia de un enfoque meramente tomado desde la razón. La verdad es un proceso de creación que, según las palabras de Thomas Mann, debe ser eminentemente artístico – dinámico. Este autor dice en su obra sobre Schopenhauer, “Ésta es una naturaleza llena de tensiones […] una naturaleza artístico-dinámica, que no puede revelarse más que en formas de belleza. Que no puede revelarse más que como creación de la verdad.”[2] Por ello, todo sistema que aspire a una ordenación de las conductas o al manejo y distribución del poder, debe apelar a la estética, entendida ella como ese producto obtenido de una verdad proporcionada por la creación artística. Un sistema político debe transmitir esa misma sensación de tranquilidad que causa la contemplación del absoluto, por medio de una verdad que se siente y no que dificulte su comprensión. [1] Título original en alemán: Die Welt als Wille und Vorstellung. Obra principal de Arthur Schopenhauer, publicada por primera vez en el año 1819, bajo la editorial Brockhaus en Leipzig. [2] MANN, THOMAS: “Schopenhauer”. Alianza Editorial. Edición 2010. Pag. 20Martes, 17 de mayo de 2011
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