por Andrés Volpe.

El arte de la política.

Andrés Volpe

Martes, 17 de mayo de 2011



La idea de un sistema político perfecto que haga posible un estado de felicidad para los individuos, ha sido la utopía perseguida por todos los filósofos que demostraron y demuestran un interés en la política.

La política es un arte, entendida como un refinamiento del intelecto para crear una organización, un sistema que sea un puente para el individuo. La política, por ende, es una inspiración del intelecto para procurar vías a la utilización del poder que reside originariamente y de forma intrínseca en el individuo. En palabras de Thomas Mann, la acción del arte nos proporciona una alegría de naturaleza eminentemente estética, porque es una acción que introduce el orden y hace posible, por medio de la claridad y la transparencia, la realización intelectual en la mente humana de ese universo incomprensible que es el caos y la confusión de la vida. La política busca aquello: paliar el caos, aclarar la confusión y dar certeza de la vida, a través de mecanismos estéticos que en su contemplación inspiren la calma producida por la certeza de poder comprender lo inabarcable por medio de lo humano.

Los conceptos, que son la materia prima con que trabaja el intelecto, son insuficientes por sí mismos para el procuramiento de la esencia de las cosas. Son elementos incompletos y áridos que se quedan a medio camino entre el producto intelectual y la emocionalidad de la condición humana. Así también, los juicios de la razón, desarrollados a partir de esa unidad primaria que son los conceptos, son incompletos para la abarcabilidad de la esencia de las cosas.

A pesar de ello, el hombre siempre ha luchado por esa verdad escurridiza e inabarcable que nos golpea el intelecto al momento de tener conciencia de uno mismo. Esta búsqueda de la verdad, del conocimiento absoluto de las cosas, es producto de la sensación de que ese objetivo que se busca reside de igual manera en lo más hondo del espíritu. Todo hombre se siente, quizás de manera conciente o  inconciente, parte de ese absoluto que abarca la totalidad de las cosas. Es en virtud de esta intuición que Schopenhauer elabora su filosofía de “el mundo como voluntad y representación”[1], dirigiéndose ya no sólo a la razón, sino asiendose de la subjetividad del hombre para armar toda una filosofía que apela a un conocimiento en movimiento, un saber dinámico, que obedezca a ese continuo fluir de las cosas como representaciones de una unicidad originaria. El conocimiento se deshace del peso de la razón, de la intelectualidad, para mezclarla con las emociones, el espíritu, la esperanza, la desgracia y todos esos movimientos subjetivos de los cuales es presa la persona. La aproximación al conocimiento de las cosas se hace con la totalidad de la condición humana, salvándose de producir un esquema rígido que no permita la abarcabilidad de la verdad, como podría ser consecuencia de un enfoque meramente tomado desde la razón.

La verdad es un proceso de creación que, según las palabras de Thomas Mann, debe ser eminentemente artístico – dinámico. Este autor dice en su obra sobre Schopenhauer, “Ésta es una naturaleza llena de tensiones […] una naturaleza artístico-dinámica, que no puede revelarse más que en formas de belleza. Que no puede revelarse más que como creación de la verdad.”[2] Por ello, todo sistema que aspire a una ordenación de las conductas o al manejo y distribución del poder, debe apelar a la estética, entendida ella como ese producto obtenido de una verdad proporcionada por la creación artística. Un sistema político debe transmitir esa misma sensación de tranquilidad que causa la contemplación del absoluto, por medio de una verdad que se siente y no que dificulte su comprensión.



[1] Título original en alemán: Die Welt als Wille und Vorstellung. Obra principal de Arthur Schopenhauer, publicada por primera vez en el año 1819, bajo la editorial Brockhaus en Leipzig.

[2] MANN, THOMAS: “Schopenhauer”. Alianza Editorial. Edición 2010. Pag. 20

Venezuela: país de malditos.

Por Andrés Volpe

Vd. sabe que yo he mandado 20 años

y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos:

1) La América es ingobernable para nosotros.

2) El que sirve una revolución ara en el mar.

3) La única cosa que se puede hacer en América

es emigrar.

4) Este país caerá infaliblemente en

manos de la multitud desenfrenada.

Carta de Bolivar con fecha de 9 nov. 1830.


Haber sido el país de un Libertador, nos ha condenado a la espera del próximo mesías que nos libere del pasado nostálgico. Es así como la espera infinita por un salvador que encarne el traje del hombre fuerte, vigoroso y decidido nos salve de la desidia del recorrer político que ha surgido después de la “gloriosa” guerra de Independencia.  Venezuela es un país de recurrentes libertadores falsos, que han buscado llenar el vacío que ha dejado el padre Libertador en la madrepatria –  la semántica es importante en este sentido, porque explica mucho del complejo de huérfanos con el que nacemos -. Por ello, hemos abandonado la razón política, para hacer un sentimentalismo de lo que es ciencia, porque necesitamos una relación en un padre nuevo que llene las botas – normalmente militares – del Libertador que hemos perdido, a nuestra mano, pero perdido al fin.

El complejo de huérfanos se extiende a varias áreas de nuestra condición venezolana: carecemos de una real identidad nacional en el esfuerzo de procurar la mezcla del pasado con el futuro, pero quizás lo más importante es que carecemos de una continuidad histórica que nos proporcione un imaginario colectivo fluido y coherente. Esto en razón de que nuestro imaginario colectivo como nación se ve disminuido a la gesta independentista como hecho cierto, para luego entrar en tonalidades grises y de poderes efímeros. Por esto, el venezolano nace con el sentimiento interno de contradicción, de duda y tensión, entre el amor y el desprecio, entre el patriotismo y el desencanto.

El venezolano es, por consecuencia, un personaje incompleto, ansioso de porvenir y atado a un imaginario histórico de héroes ficticios. Irremediablemente, nos encontramos en una lucha constante entre el pasado y el futuro. La confusión nace por la aceptación incompleta de una carga histórica de la que no hemos sido responsables, pero que nos impone una gloria supuesta de pueblo bravo y libertador, pero al mismo tiempo, nos impone la carga de la culpa por el destierro y la muerte del héroe máximo, y su gesta incompleta y fracasada. En eso se resume la falta de concreción, la falta de progreso, la ausencia de fase culminatoria: Bolívar liberó, pero no fundó las repúblicas fuertes y vanguardistas que era el sueño de la Gran Colombia.


La lucha por el futuro es por siempre estar sedientos de porvenir, del mito del Dorado, de encontrar al salvador con la solución absoluta. Nuevamente, la espera  marca el presente y lo anula por lo inocuo del esfuerzo constante y diario que construye el presente. No se valora el presente, porque se espera el futuro como solución, sin darnos cuenta que el futuro siempre dependerá de la acción presente.

Es así, como se llega al rasgo más característico del venezolano y donde recae su maldición como individuo y, luego, sociedad: el desprecio por la acción del presente. La concepción parte de asumir toda acción como infructuosa e inútil por dos factores: 1) Ninguna acción presente desarrollada por un individuo será útil, porque no ha llegado el líder mesiánico, es decir, por falta de confianza en los hombres del presente. 2) Por la prolongación del mito de la naturaleza bondadosa, alimentada por las teorías de Rousseau y su influencia en la fundación de la república.

Para efectos de lo que se expone, el punto a desarrollar será el referente a la prolongación del mito de la naturaleza bondadosa. Irremediablemente esto nos lleva a hablar del paisajismo y el petróleo. El paisajismo, como lo explica Pedro Cunill Grau y expuesto por Ana Teresa Torres, es la creencia que trajeron consigo los colonizadores de haber encontrado el Dorado, la fuente de eterna juventud, el Edén y una tierra de clima noble y embriagador, de la tierra fértil e inexplorada, por lo tanto, infinita e inagotable. Así lo quisieron reclamar de las manos, luego, los criollos de “los colonizadores déspotas y aprovechadores de la patria”, lo cual enmarca un discurso político- mítico de la índole que se encuentra a lo largo y ancho de la historia de Venezuela. En consecuencia, este discurso político-místico ha alimentado un imaginario colectivo de que la riqueza y la prosperidad está en la tierra y solo hace falta clavarle las uñas para obtenerla, es decir, siempre estará ahí, paciente y expectante, al alcance.


Luego, la transición entre el paisajismo y el petróleo, aunque su naturaleza devenga de la misma conceptualización, hace aparecer la época del modernismo y de una nueva “invasión” de explotadores, es decir, se reanuda la lucha contra el extranjero que quiere apropiarse de la riqueza natural de la patria. Ahora bien, el desprecio por la acción aquí se ve enmarcada por el hecho de que el petróleo es una riqueza espontánea que va fluyendo casi imperceptiblemente y sin esfuerzo. Se confirma la bondad de la naturaleza al abrirnos su secreto negro, de fluido constante e inagotable que ya no yace en lo verde del paisaje, sino en sus mismas entrañas.

En consecuencia, el desprecio por la acción deviene de una conceptualización de la riqueza infinita que siempre fluirá, porque la naturaleza nos ha protegido y las culpas recaen en la debilidad de los hombres del presente, que no han podido mediar entre la madre patria y el hijo pueblo. Entonces, cuando se cree tal absurdo, se desmonta el concepto de responsabilidad y esfuerzo, se anula el progreso por una transferencia de culpas y renace la maldición del pueblo que confiado en su porvenir yace en la desidia.

La victoria de la ignorancia.

Cree a aquellos que buscan
la verdad; duda de los
que la han encontrado.

André Gide.

Michel Foucault, en su lección inaugural del Collége de  France, pronunció uno de los discursos filosóficos más vigentes de nuestro tiempo en lo concerniente al discurso en sí y a la voluntad de verdad implícita en él. La reflexión inicial parte de la pregunta que dirige a su audiencia: ¿Qué hay de tan peligroso en el hecho de que la gente hable y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro?

Debemos tener en cuenta que en términos filosóficos y para el entender de Foucault, el discurso va más allá de la palabra hablada y escrita, sino todo un sistema de ideas relacionadas con el poder y cargadas de contenidos culturales. El discurso sufre una ampliación en su análisis para convertirse en la guía de expresión de una sociedad, del discurrir de la cotidianidad y su contenido que fluye en la interacción social continua.

Es por ello que, así como la historia, el discurso está relacionado con el poder y los controles que éste impone con sus intereses en el mismo.  Existen, según Foucault, procedimientos de exclusión del discurso en toda sociedad. Los enumera en tres: 1) Lo prohibido, 2) La oposición entre la razón y la locura y 3) La diferencia entre lo verdadero y lo falso.

El más relevante para este momento del discurso político es la diferencia entre lo verdadero y lo falso, ya que la línea tiende a desaparecer o ser tan débil que solo se llega al engaño por medio de la confusión. No obstante, el conocimiento de la verdad por el individuo es un camino constante que la sociedad occidental ha enaltecido cultivando el saber, creando las Academias y felicitando el estudio y las universidades. Hemos desarrollado un culto al saber, porque necesitamos de la verdad para existir en coherencia. Es por ello que todo discurso, con más intensidad el político, necesita intrínsecamente contener la voluntad de verdad para tener legitimidad y persuadir. Todo sistema de ideas para subsistir en el pensamiento debe seducir y aportar la comprensión de lo que se dice a quien lo recibe.

Ahora bien, el discurso político adquiere su verdad por tres vías: 1) Por la autoridad del interlocutor, 2) por su legitimidad y aceptación en la sociedad como representación de ella y 3) por el reconocimiento y difusión por medio de los intelectuales del área.  No obstante, la presunta verdad que se adquiere por medio de la autoridad del interlocutor se asimila no por la verdad en sí del contenido, sino por subjetividades manipulables y viciables, es decir, es susceptible de la tiranía y la mentira.

Por otro lado, la verdad que se obtiene de los intelectuales del área está sometida a toda una estructura de poder con intereses propios, por lo que, si bien son la fuente más fiable de conocimiento científico y estructuración, no es la vía más apegada a la verdad en sí. Queda pues la verdad de las masas, las cuales no siempre son las más sabias y lo han demostrado los episodios históricos como el nacional-socialismo, el fascismo, el socialismo, el comunismo y cualquier fundamentalismo que ha deformado el poder, ya que el discurso de masas viene coaccionado y condicionado por el discurso político de las élites.

En virtud de esto, el discurso político nunca puede ser fiable, sobre todo cuando se viola la semántica para disfrazar términos en el discurso que implican un atentado a la verdad. Es común escuchar falacias como propiedad social, poder comunal, felicidad social, reorganización del poder en las masas; cuando la verdad implícita es un fortalecimiento del Estado, la sujeción del individuo a la autoridad férrea basada en el culto y la supresión de la individualidad.

Entonces ¿Qué hay de tan peligroso en el hecho de que la gente hable y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro? El peligro reside en que un discurso político sin voluntad de verdad, pero persuasivo por la autoridad  del interlocutor y el culto a la personalidad que inspira, puede difundirse en toda una sociedad por medio de los consecuentes discursos entre los individuos, minando la voluntad de verdad que hay en ellos, engañándolos por falta de información, por falta de pluralidad e intercambio dialéctico. El peligro de la proliferación de los discursos sin procedimientos de control y contradicción es la repetición del error, la victoria de la ignorancia.

La buena política es aquí y ahora.

Una vez que ya la arena descansa, porque ve pasar semana santa y las principales vías del país todavía siguen en caos, nos vemos ante la incertidumbre que produce el descanso de la voz política. Antes de que comenzara la pausa, el tema de las primarias y su fecha de realización fue muy discutido por la opinión pública, así como por cada individuo. Es decir, se discutía el procedimiento, el tiempo y el cómo, pero no se escuchaba nada material, nada que indicara ideas, nada que indicara cambio.

Más allá de cualquier técnica política para lograr el éxito de las futuras elecciones presidenciales, lo preocupante es la propuesta que debe sufrir el choque de la dialéctica. En primer lugar, la propuesta que nazca como bandera contra el Socialismo del S.XXI debe superar el primer obstáculo: la tensión de fuerzas de la MUD. En segundo lugar, debe superar la opinión pública y convencer a los incrédulos. En tercer lugar, debe ser la antítesis del Socialismo del S.XXI y, al mismo tiempo, ser una política de transición. En resumen, la propuesta debe superar tres niveles satisfactoriamente para que el candidato que resulte de las primarias pueda elaborar con ella. Esto es importante, porque un rostro sin ideas fuertes sólo será la repetición del fracaso malsano que trae basar el destino de un país únicamente en el carisma y liderazgo de un hombre.


De lo anterior, quizás lo más difícil de superar resulte del tercer punto, porque no se está discutiendo solamente con la política socialista venezolana que tanto eclecticismo ha utilizado, sino con el imaginario colectivo de un país. Por ello, habrá que tomar en cuenta que si se propone un cambio, debe hacerse desde puntos más profundos que la ineficiencia de una ideología o las fallas de una burocracia aumentada al absurdo. Se debe idear contra la concepción del Estado paternalista, contra la idea de la perpetua dádiva gubernamental, contra la idea del petróleo infinito. Así mismo, hay que luchar contra la concepción de víctima que tiene el venezolano, supuestamente siempre condenado por una amenaza extranjera o política que nunca permite el progreso.  El problema: el eterno retorno; la solución: fuerza plástica.

La idea del eterno retorno consiste en que el tiempo es cíclico y bien en círculos se puede andar en la actualidad venezolana. La salida de la tiranía gomecista dio paso a una transición por medio de López Contreras y, por medio de muchos sucesos históricos, hasta la democracia. Hoy en día buscamos salir de una opresión y necesitamos de una transición, para finalmente llegar a una democracia ideal. Pero, ¿Cómo no seguir en esta rueda de Ixión?

La fuerza plástica es lo que le permite a una sociedad librarse de su pesadumbre cuando comprende que ella, en el presente, es la que, por medio de su voluntad, es capaz de realizar los cambios que necesita. Es por ello que, toda propuesta política con miras a superar el Socialismo del S.XXI y su eclecticismo en las votaciones que nos esperan, debe infundir en el imaginario histórico venezolano de una manera que haga sentir a la sociedad que ella es la que tiene la fuerza necesaria para imponer el cambio.

No se necesitan más esperanzas abstractas de futuros inciertos, sino elaborar en el aquí y el ahora. La esperanza ha sido largamente alimentada por el gobierno nacional sólo para engañarla. El elegido para ir en contra del Presidente debe alimentar el aquí y el ahora, construyendo la transición y las bases sólidas de una institucionalidad largamente perdida.


Peuqeñas bestias de Camino II

Por @andresvolpe

  • Cada noche un anciano se mantenía despierto y esparcía su voz en los dormidos con los mitos de los ya muertos, de los héroes.
  • Un mes después de dejar caer los cartuchos en el suelo abierto, pudieron recoger las municiones, pero la gente no sabía cocinar con plomo.
  • Nosotros tendremos la locura del hombre, pero ellos tienen la locura del animal – Decía el loco viendo a los parlamentarios -.
  • El amor que siente el caraqueño por su Caracas es un ejemplo del síndrome de Estocolmo. La violenta Caracas que es tierna porque no mata.
  • Lentamente iba perdiendo la cabeza y de la decapitación crecía una cebolla de hedor cerrado, de pensamiento único y enclaustrado.
  • Chocó las manos con fuerza y del sonido nació la luz. El show había comenzado. Los fusiles se irguieron y los inocentes temblaron.
  • Los brazos de Morfeo se extendieron, el humo de la pólvora ahogó la habitación y Morfeo apretó fuerte el brazo del soñador eterno.
  • El quiebre del aire en tu dedo es lo que me hace imposible no temerte
  • De mis dedos crecen flores rojas, azules, verdes; pero dentro de mi sólo existe el negro de lo oscuro, un corazón marchito.
  • De su cartera se asoma un pequeño cilindro con algún escudo en dorado; es la evidencia de otro talento emigrando.#cronicasdeaeropuerto.
  • Seguía tocando al piano y sentía como se le amontonaban las hojas alrededor. Con cadencia los árboles no podían dejar de llorar.
  • Un café espera en la mesa, quieto y en silencio; refleja ojos, una nariz, una boca. Ahora, una sonrisa, una respiración y el café se agita.
  • Con el agua hasta las rodillas y sentado en una silla, sostenía una taza de té; otra taza en la mesa humeaba esperando ser rescatada.
  • Hablando de verdad en una mesa de curas, vio que creer en una sola verdad es tan falso como la inteligencia de quien lo cree.
  • Se tragó una rosa con tallo y espinas.
  • La gente corría a esconderse del agua. Tenían miedo. Las máscaras se disolvían gota a gota en sus manos.
  • Sentía la mañana en su boca, como una pastosidad reseca y olorosa. El adormecimiento de su cuerpo y su cerebro insultando. El sol le sonreía.
  • Al terminar de matar a la bestia, el cuerpo quedó en la tinta de las letras. Se lavó las manos y el agua se hizo negra.
  • Al quitarse el maquillaje, pensó que sería en la próxima función que volvería a representar su vida sin tener que llevar una máscara al sol.
  • Y yo pensé que morir sería lo más difícil, cuando me doy cuenta ahora que lo más arduo de conseguir es una manera de vivir.
  • Eran como bestias luchando contra las aguas calmas para no ahogarse en su ignorancia, miedo y confusión.
  • El mundo nunca supo cómo empezó. Todo fue repentino y solo se dio cuenta cuando taladraban y demolían su piel verde los pequeños invasores.
  • ¡Bajen las armas! Al obedecer la orden, las calles se llenaron de letras y hojas; los ciudadanos se llenaban los zapatos de tinta al caminar.
  • Con los brazos extendidos gritó: ¿Dónde está la gente hambrienta? Se dejó caer y luego, solo quedaron de él los huesos.
  • El fuego desprendía mariposas con alitas en llamas, que aleteaban hasta tu nariz, y tú reías para seguir bebiendo y matar mariposas.
  • Al percatarse que tenía la verdad en el bolsillo, apretó con fuerza, quitando toda posibilidad de aire en él.

Pólvora en la lengua.

Poder, somos hijos de él, como niños de falda, ridículos con sombreros de fieltro y risas tontas.

Poder, jugamos a tenerlo, buscar la noche, Egipto, el sudor del mundo que llora. El poder sabe a pólvora en la lengua, a sangre y maldad malsana. En los ojos de la oscuridad dos diamantes hieren la nada, se derriten en manos extrañas.

Hemos desarrollado conceptos y sistemas para el circo del poder. La razón de la Ley, de cuerpo incierto, no definido, amorfo. Nada que salga del hombre es estético, nada tiene verdad, sólo el arte del loco, del iluminado, de la mente inocente atrapada en el cuerpo mortal.

¡Que muera el poder en la lengua del león y el hombre con él! ¡Abajo la razón de la Ley como expresión del absoluto absurdo deseo de perfección! El hombre realmente libre no tiene pasiones, no necesita de la Ley, porque su poder reside en el “ser”, en el eterno existir.

El poder es interno, pero nunca externo, como un bosque profundo, verde, interminable, virgen y antiguo. El poder externo es para la sumisión del otro, la violación a la libertad. El poder en sí en saber, pensar, conocimiento, pero nunca fuerza, destrucción, sumisión. 

Dios ha muerto, ¡Que viva el Che!

La música supera las barreras del lenguaje y hace ver ridículos los grandes esfuerzos de la letra por tocar, aprehender, de salvar, hacer o destruir. Por ello, la música es un enervamiento de los sentidos o, por el contrario, un explotador de ellos, una herramienta de manipulación, seducción o motivación.  Pero, la música no es solo arte sonoro, sino un procurador de contenidos, un transmisor de mensajes por el entretenimiento y así lo entendió Joe Hill en 1915. Nacieron los himnos combativos de los sindicatos americanos por la mejora de las condiciones laborales, tomando la forma de canciones fáciles de aprender y melodías atrayentes.


Así nace la música de protesta o la música de contenido, como una vinculación del sentimiento, el arte y la política. Una metamorfosis que ha sufrido en su creación y ha quedado vacía en su evolución. Aboga por un romanticismo político el cual naciendo como un reclamo de justicia, llega al fanatismo y a la oposición de la razón. Un romanticismo que es alimentado por la conexión existente entre el espíritu y la música, para ser utilizado como herramienta masificadora de un mensaje político o cultural determinado.

Normalmente, la música de protesta y su romanticismo político se apoyan en un sentimiento presuntamente extendido y general, como una voz de representación o, en palabras de Alí Primera, como un canto necesario. La legitimación es otorgada por sí misma bajo argumentos de conceptos amplios como justicia, libertad e igualdad y, precisamente ahí radica el punto importante: en la capacidad que tiene de trasladar la carga emotiva de esos conceptos a la voz del individuo, a la descarga emocional, al impulso del fanático. Se canta a la acción por la acción y a la emoción por la emoción.


En la práctica, la música de protesta en Latinoamérica nació también como una oposición al sistema, es decir, como una bandera política. La inclinación fue determinada por la atracción de la izquierda y su apelación al sentimiento de las clases obreras, a la explotación del sentimiento de pobreza con un fin político, contrario a las experiencia norteamericana[1]. No obstante, en la experiencia cubana, la música de protesta ha pasado a ser un elemento más del imaginario colectivo de una sociedad que “continúa luchando” por la construcción de una identidad, a causa de la eliminación por el ideario comunista de uno de los sustentos más importante del imaginario colectivo y de la identidad de una sociedad: la religión.

La música es una forma de transmisión de información, de símbolos, de principios que puede eliminar el paso que hay entre lo racional y lo emocional. A razón de ello, se puede argumentar que la música de protesta, más que ser una herramienta de oposición y reclamo ante una situación dada, es también un elemento de concreción para un sistema determinado.


Una explicación de ello radica en el tiempo histórico en que tuvo su auge la música de protesta. El género vio su más grande expansión en la época de los 60’, 70’ y 80’, donde la izquierda en Latinoamérica luchaba en contra de las dictaduras o los gobiernos democráticos, emulando y auspiciados por la revolución cubana de 1959. Luego de acabadas las luchas, el género no ha producido más autores de renombre, sino que se sigue recurriendo a los viejos cantos para reclamar ideologías fracasadas o por el simple fenómeno de la nostalgia y el recuerdo.

Actualmente, la crítica hacia un status quo, se ha canalizado por otros géneros de música, desprendidos de la imagen clásica del taburete, el hombre y la guitarra, cantándole al hombre elegido. Irremediablemente, la superación de las bases que impulsan el contenido, llevará al desaparecimiento de la melodía que le da vida.


[1] En Estados Unidos de América, la música de protesta ha alcanzado en su evolución un estadio de marketing que deforma la naturaleza bajo la que nació el género. Ahora bien, músicos como John Lennon y Bob Dylan entendieron la música de protesta como una crítica política hacia el poder y no como una tendencia ideológica. Así mismo, en los textos de músicos norteamericanos, puede entenderse que la protesta radica más en factores culturales que políticos.

La buena política es aquí y ahora.

Una vez que ya la arena descansa, porque ve pasar semana santa y las principales vías del país todavía siguen en caos, nos vemos ante la incertidumbre que produce el descanso de la voz política. Antes de que comenzara la pausa, el tema de las primarias y su fecha de realización fue muy discutido por la opinión pública, así como por cada individuo. Es decir, se discutía el procedimiento, el tiempo y el cómo, pero no se escuchaba nada material, nada que indicara ideas, nada que indicara cambio.

Más allá de cualquier técnica política para lograr el éxito de las futuras elecciones presidenciales, lo preocupante es la propuesta que debe sufrir el choque de la dialéctica. En primer lugar, la propuesta que nazca como bandera contra el Socialismo del S.XXI debe superar el primer obstáculo: la tensión de fuerzas de la MUD. En segundo lugar, debe superar la opinión pública y convencer a los incrédulos. En tercer lugar, debe ser la antítesis del Socialismo del S.XXI y, al mismo tiempo, ser una política de transición. En resumen, la propuesta debe superar tres niveles satisfactoriamente para que el candidato que resulte de las primarias pueda elaborar con ella. Esto es importante, porque un rostro sin ideas fuertes sólo será la repetición del fracaso malsano que trae basar el destino de un país únicamente en el carisma y liderazgo de un hombre.


De lo anterior, quizás lo más difícil de superar resulte del tercer punto, porque no se está discutiendo solamente con la política socialista venezolana que tanto eclecticismo ha utilizado, sino con el imaginario colectivo de un país. Por ello, habrá que tomar en cuenta que si se propone un cambio, debe hacerse desde puntos más profundos que la ineficiencia de una ideología o las fallas de una burocracia aumentada al absurdo. Se debe idear contra la concepción del Estado paternalista, contra la idea de la perpetua dádiva gubernamental, contra la idea del petróleo infinito. Así mismo, hay que luchar contra la concepción de víctima que tiene el venezolano, supuestamente siempre condenado por una amenaza extranjera o política que nunca permite el progreso.  El problema: el eterno retorno; la solución: fuerza plástica.

La idea del eterno retorno consiste en que el tiempo es cíclico y bien en círculos se puede andar en la actualidad venezolana. La salida de la tiranía gomecista dio paso a una transición por medio de López Contreras y, por medio de muchos sucesos históricos, hasta la democracia. Hoy en día buscamos salir de una opresión y necesitamos de una transición, para finalmente llegar a una democracia ideal. Pero, ¿Cómo no seguir en esta rueda de Ixión?

La fuerza plástica es lo que le permite a una sociedad librarse de su pesadumbre cuando comprende que ella, en el presente, es la que, por medio de su voluntad, es capaz de realizar los cambios que necesita. Es por ello que, toda propuesta política con miras a superar el Socialismo del S.XXI y su eclecticismo en las votaciones que nos esperan, debe infundir en el imaginario histórico venezolano de una manera que haga sentir a la sociedad que ella es la que tiene la fuerza necesaria para imponer el cambio.

No se necesitan más esperanzas abstractas de futuros inciertos, sino elaborar en el aquí y el ahora. La esperanza ha sido largamente alimentada por el gobierno nacional sólo para engañarla. El elegido para ir en contra del Presidente debe alimentar el aquí y el ahora, construyendo la transición y las bases sólidas de una institucionalidad largamente perdida.

Likes
Following
Follow me